Los árboles de Bangkok que se han salvado de la vorágine que ha hecho de la capital de Tailandia una jungla de cemento son hoy un tesoro medioambiental que grupos de ciudadanos intentan evitar que sean devorados por las fauces del ladrillo.
La naciente preocupación ciudadana por los espacios verdes ha impulsado la creación de asociaciones como la Fundación Sueb Nakasathien, Green World, Quiet Bangkok o Big Trees Group, que realizan campañas contra la desaparición de los árboles ante el acoso urbanístico.
"Nuestra cultura y religión está muy ligada a la naturaleza, y por eso queremos defender nuestro entorno", declara Tawan Changtrakul, sentado a la sombra de un palmito en el templo Dhammamongkol en pleno centro de Bangkok.
